Samerdeck's profileDe bandera, la ilusión.....PhotosBlogLists Tools Help

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    October 30

    Fotoakas

    Vale, ya he solucionado lo que me cargué el otro día de las fotos. Hala, con todos ustedes todas las fotos de Camboya, divididas en diferentes álbumes para que las podáis ver más agusto. Espero que os divirtáis. ¡Besos y abrazos según correspondan!
     
    P.d.: Las fotos de Vietnam ya llegarán en su momento.

    Encerrados en Phnom Penh

    Si alguna vez  leéis en una guía que en sacar el visado a Vietnam se tardan apenas 15 minutos, dudadlo... Lo cierto es que se necesitan dos días para conseguir dicho visado, lo cual, obviamente, no entraba dentro de lo planeado.
     
    El caso es que tuvimos que quedarnos tres días más en Phnom Penh; y no es ya sólo que esta ciudad no tenga mucho que ver, es que, además, lo que tiene ya lo habíamos visto. Así pues, nos pasamos aquellos tres días básicamente en internet, con lo que por lo menos pude poner al día la lista de las fotos (una memoria como la mía también os incitaría a vosotros a apuntar cada foto que hacéis).
     
    También fueron dos días de trasnochar. La primera noche con dos francesas que conocimos en la embajada de Vietnam -y que están aquí haciendo prácticas para ser profesoras de francés-, y la segunda con Juan y Rafa (dos de los voluntarios de Arrupe), que fueron a Phnom Penh a coger su vuelo de vuelta a Madrid. Sólo pensar que a estas alturas ya estarán zambullidos en su rutina me hace agradecer una vez más el no tener que volver a la uni cuando este viaje termine.
     
    En fin, visado en mano, hemos conseguido llegar hasta Vietnam..., por fin. De algún modo, éste era para mí el plato fuerte del viaje, el país que íbamos a recorrer con más detalle: por ahora no está defraundando en absoluto.
     
    Llegamos ayer hasta Chau Doc, nuestra primera escala vietnamita, por medio de un increible crucero a lo largo del Mekong; de hecho, la última hora y media de trayecto la hicimos en un barco para nosotros dos solos, desparramados sobre unas hamacas.
     
    En el viaje conocimos a un tal José Luís, un tipo que ya había soplado más de cincuenta velas alguna que otra vez y que no hablaba absolutamente nada de inglés. Nos dejó muy sorprendidos que pudiera manejarse por aquí sin idea de la lingua franca, pero pronto descubrimos que el inglés es a Vietnam lo que el swahili a Carabanchel...
     
    Esta mañana, después de acercarnos al Monte Sam con las bicis (¡2 km con una pendiente del 30%!), hemos salido de Chau Doc para emprender nuestro tour por el Mekong: dos días en bici siguiendo el río Bassac (nombre de uno de los dos grandes brazos en que se divide el Mekong antes de convertirse en el delta) hasta llegar a Can Tho, y desde ahí otros dos días cruzando entre las ramas del delta para desembocar en Ho Chi Minh.
     
    Por ahora hemos llegado a Long Xuen pedaleando 56 km por una carretera absolutamente plana. Me alegra poder decir que el concepto vietnamita de carretera tiene ya las connotaciones occidentales de que adolecía la concepción camboyana. Por lo menos en esta primera etapa... Ya veremos qué os cuento cuando lleguemos a Ho Chi Minh.
     
    Long Xuen (Vietnam), 30 de octubre de 2006
    October 28

    Para Belenchu, con cariño

    Bueno, éstas son un par de cosillas que cuando las vi me hicieron pensar en ti de inmediato. Me habría gustado llevártelas de regalo, pero con lo que me queda de viaje se habrían roto, así que, por lo menos, te las voy a mandar por foto.
     
    Son dos crucifijos, pero muy especiales. Aparte de que los dos han sido tallados por heridos de mina, pretenden reflejar que Cristo está en cada uno, y por ello han buscado al Cristo que más les representa. El primero de los crucifijos muestra a Jesús con las palmas abiertas en la misma posición en que se suele representar a Buda (que, quieras que no, es más típico de aquí...). El segundo, es el Cristo de los Mutilados, diseño de Joaquí (el jesuita que lleva ahora lo de Banteay Prieb), que dice que éste es el Cristo que él se imagina aquí: un Cristo que sufre como ellos, habiendo perdido una pierna y atado a una estaca de bambú (además, si te fijas, la cara no es la típica de Jesús, sino que tiene los rasgos de un joven camboyano).
     
    En fin, sé que esto de hacer un regalo en fotografía es una absoluta cutrada, pero básicamente es para que veas que me acuerdo mucho de ti ;) .
     
    Phnom Penh, 28 de octubre de 2006
     
    P.d.: Para los demás, he estado intentando reorganizar las fotos y al final internet me la ha jugado... Pero bueno, por lo menos he aprendido algo nuevo del espacio: si borras una foto, la borras de todos los álbumes... Espero poder arreglarlo la próxima vez que me conecte. ¡Mañana a Vietnam!
    October 27

    Todo lo que sube, baja

    (Todavía subiendo por el Parque Nacional de Bokor –viene del post anterior-)
     
    No sé que se me acabó antes, si las fuerzas o el agua, pero el caso es que la unión de las dos cosas terminó de demolerme. Además, coincidió con las horas de más calor en Camboya, que es un país donde ya de por sí hace mucho calor. 
     
    Nunca en mi vida había tenido que seguir andando pese a estar tan cansado, y, de hecho, nunca en mi vida había caminado tan penosamente, hasta el punto de que la bici, cuando la tenía que empujar, hacía más bien las funciones de bastón.
     
    Cuando noté un poco mejor las piernas, me volví a subir a la bici, y bueno, a ratitos a pedales, a ratos a pie, conseguí terminar los 10 kilómetros que me quedaban hasta la cumbre. De hecho, cuando vi el Black Palace, el edificio en ruinas que está en la cima, saqué fuerzas de algún sitio que no conozco y logré hacer los últimos metros sobre la bici. 
     
    Una vez en la cima, tras descubrir que mi anhelada coca cola no existía (así como ningún otro tipo de líquido), y con unas fuerzas que ya os digo que no sé de dónde salieron, conseguí completar en bici los 10 km que me quedaban hasta el refugio donde dormíamos, eso sí, ya por un camino mucho más asequible e incluso con ligeras aunque benditas cuestas abajo.
     
    Por favor, que nadie confunda “asequible” con “bueno”, porque son términos muy distintos; de hecho, para que podáis apreciar los matices entre ambos conceptos, os dejo una foto del camino “más asequible” (que al mismo tiempo espero que os sirva para haceros una idea de lo que era el camino anterior…).
     
    El caso es que lo que prometía ser una pista llevadera se reveló como un canchal de cuestas intermitentes que me hizo bendecir una y cien veces el asfalto y que, no obstante, como os he dicho, completé sobre la bici. 
     
    Una vez en la meta, y tras un descanso, fuímos a ver las ruinas de la colonia francesa, razón última por la que subíamos hasta aquí. La verdad es que fue bastante decepcionante, porque esperábamos encontrarnos una especie de “Jumanji” y no nos topamos sino con unos cuantos edificios a medio quemar. 
     
    Como se dice en montaña, una marcha no acaba cuando llegas a la cumbre, sino cuando vuelves a casa. Así que, esta mañana hemos afrontado los más de 40 km que tenían que traernos de vuelta al hostal. Estoy convencido de que Iñigo ha disfrutado de la bajada como un canijo, pero para mí ha sido únicamente un poco más de infierno. 
     
    Si bien bajar con la bici por montaña no exige tanto de piernas, termina de reventarte los brazos. Así que, para cuando llegué abajo no podía hacer ningún tipo de fuerza con las manos (y, de hecho, aún no puedo hacer pinza con la mano izquierda), pero por lo menos tenía el orgullo de haber hecho toda la bajada en bici (para los que no lo sepáis, soy un cagón en lo que se refiere a bici en la montaña, y ni Iñigo ni yo albergábamos la menor esperanza de que fuera capaz…). 
     
    Aún me quedaban los 8 km de llano hasta el hostal; en principio es fácil, ¿no? Pero como si hubiera sido de otro modo no estaríamos hablando de mí, me he perdido: me he equivocado de desvío y he acabado andando entre los arrozales en busca de la carretera, lo cual no ha supuesto un simple retraso en mi llegada al hostal, sino también el ataque de un perro que, por suerte, me soltó la pierna antes de hacerme sangre y sólo me ha dejado unas pequeñas marcas (para tranquilidad de quienes conocéis mi cartilla de vacunación, os diré que el perro parecía completamente sano). 
     
    En fin, una ducha, una coca cola (Alexia, no sabes lo que te estás perdiendo…) y unas cuantas horas en la cama: que fácil es crear tu propio Edén.
     
    Kampot, 25 de octubre de 2006

    Bokor: kilómetro 43 en la carretera hacia el infierno

    Piedras, barro, cuesta arriba... No importa lo largo que se te esté haciendo: aún queda mucho. Gritos, dolor, lágrimas... No importa lo duro que te parezca: va a ser peor. Esfuerzo, impotencia, frustración... No importa lo terco que seas: no eres capaz. Piedras, barro, cuesta arriba, gritos, dolor, lágrimas, esfuerzo, impotencia, frustración... Todo, todo, desaparece cuando llegas a lo alto de Bokor.

    El Parque Nacional de Bokor recibe al visitante con algo más de 20 km de cuesta arriba, que, si bien no son muy pendientes, suben sin tregua por una carretera que en sus mejores tramos es de barro y en su mayor parte de cantos rodados sueltos. Notas como aprieta el calor, sientes que te escasea el agua y ya no te quedan fuerzas. Echas mano de barritas energéticas, pastillas..., lo que tengas. Entonces, derrotado como estás, los turistas que abarrotan un pick up te hacen señales de que estás loco. ¡Je! Tienen razón: estoy loco. Tengo que estarlo para estar haciendo esto; es más, tengo que estarlo para estar disfrutando de esto.

    Te inventas nuevas fuerzas y montas otra vez en la bici. Pero a los 10 km llega ese momento... No lo quieres reconocer y te subes de nuevo a la bici, pero cada vez que intentas arrancar un terrible calambre en las piernas te grita que pares y te caes otra vez. Tienes que admitirlo... No puedes más: tienes que bajar de la bici y empujarla. Incluso andando continúan los calambres, pero creedme, ni una sola de las lágrimas que eché fue de dolor: era impotencia...

    No soy ningún superhéroe, pero de lo mucho que he aprendido de la montaña, quizá lo más importante sea que me ha impuesto la modestia suficiente para reconocer mis propios límites y buscar mi camino en base a ellos: mi camino a Bokor era andando... No soy ningún superhéroe, y nunca he pretendido serlo, pero, al fin y al cabo, mi bici duerme hoy en lo alto de Bokor.

    Parque Nacional de Bokor (Kampot), 24 de octubre de 2006
    Con cariño para mis chavales de montaña, con la esperanza de que os haya quedado algo de estos tres últimos años.
    October 22

    Turista una vez más

    Música tranquila acompañando un batido de fruta natural sentado ante un atardecer naranja de cuadro: sí, podéis llamarlo paraíso.
     
    Estamos en Phnom Penh. De hecho, es nuestro cuarto día aquí. Aparte de nuestra incursión gastronómica en el mundo insectívoro, nos hemos dedicado a redescubrir la versión turística del viaje merodeando por la ciudad, que, dejando al margen el microparaíso que os he descrito, no es gran cosa. Pero, más allá de la visita, hemos hecho algo realmente esencial: hemos terminado el documental (o al menos el trabajo sobre el terreno).
     
    El viernes estuvimos con Joaquí, otro jesuita que trabaja con heridos de mina y que, de hecho, está continuando un proyecto que comenzó Kike antes de que le hicieran obispo. A 15 km de Phnom Penh crearon hace quince años una escuela de formación para soldados heridos de mina; por supuesto, no tardó en abrirse a civiles y ahora acogen a discapacitados y gente con pocos recursos en general (aunque priorizando a la hora de elegir a los estudiantes a los que son heridos de mina).
     
    La verdad es que íbamos a esta escuela (Banteay Prieb, para futuras referencias) básicamente para coger imágnes de recurso, pero tuvimos la suerte de poder entrevistar a Clien Wang, uno de los cuatro militares que iniciaron en Camboya una modesta recogida de firmas que desembocó en la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Antipersonales, que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1997.
     
    Como recuerdos básicos, los ojos llorosos de Clien al explicarnos cómo Banteay Prieb le había devuelto la esperanza que perdió con la pierna; o su voz tranquila y su mirada sincera al decirnos que desde que acabó la guerra no ha vuelto a considerar a un camboyano como un enemigo y que no guarda rencor a los que lucharon del lado de los jémeres rojos.
     
    Sin duda, esta entrevista ha sido un broche espléndido para toda la experiencia del documental. Ahora toca volver a la piel del turista que en el fondo somos, al menos hasta que veamos qué pasa con otro documental que teníamos en mente (uno sobre la gastronomía vietnamita).
     
    Así que, de nuevo en marcha, mañana salimos a Kampot (sur de Camboya), para hacer un par de días de excursión en bici por el Parque Nacional de Bokor. Atrás dejamos las minas, los mutilados, Phnom Penh y la barbarie de Pol Pot. Al frente, dos días de dura ruta ciclista a través de la selva camboyana. Ya os contaré cuando volvamos a la civilización.  
     
    Phnom Penh, 22 de octubre de 2006

    Delicatessen

    Crujen y no son cereales; tienen carne y no son filetes; no tienen hueso y no son pescado; se fríen y no son patatas; ¿qué hemos comido hoy? Si alguien ha dicho "araña", ¡tenemos un ganador! Si nadie lo ha dicho..., tenéis que abriros a nuevas experiencias...
     
    A decir verdad, lo más crujiente no era la araña, sino las cucarachas, que aunque les quites la parte superior del caparazón todavía tienen la de abajo para mantener el efecto chocapic. De hecho, y ya entrando en comparaciones, las cucarachas tienen menos carne que los saltamontes, que, a su vez, son un mero entrante para la araña, el plato fuerte.
     
    El plato fuerte porque uno, cuando habla de comer insectos, podría pensar que son bichos pequeños... Craso error. La araña que se come es formato tarántula, con lo que ello implica en lo que a tamaño y pelos se refiere.
     
    Los pelos... Los pelos son lo más curioso. Quizá lo más impresionante sean los colmillos (ya os he dicho que es un señor bicho...), porque te da la sensación de que tienen que tener hasta veneno. Pero bueno, haces un esfuerzo para pensar que esta gente lleva siglos comiendo arañas, con lo que probablemente ya hayan caído en el tema del veneno; si consigues autoconvencerte, los colmillos son, simplemente, una parte más del bicho, con el mismo sabor y textura que las ocho patas. Y ahí, cuando te haces consciente de la textura, es cuando entran en juego los pelos.
     
    Es toda una sensación arrancar una pata con los dientes y sentir en la lengua el "peliagudo" (jamás se usó esta palabra en mejor contexto) tacto del vello arácnido: cada vez que masticas notas cómo los pelos te hacen "cosquillitas".
     
    Textura e impacto visual al margen, lo cierto es que saltamontes, cucarachas y arañas saben sobre todo a fritanga y no son ningún manjar. Pero en fin, todo es hablar con los de "Pringles"  que le echen salsa barbacoa...
     
    Phnom Penh, 21 de octubre de 2006
    October 20

    Demining II: sobre el terreno

    Caos: todos queremos ir al campo de desminaje, no tenemos transporte , hay que rellenar papeles... Y hay que hacerlo deprisa, porque nos vamos ¡ya! Nos ponen un coche para ir hasta el campo, pero sólo hay tres plazas: Iñigo y yo, por descontado, y, por supuesto, necesitamos a nuestra intérprete, Phally. Una hora más tarde estamos allí.
     
    El trabajo de desminaje es... lento. Esta gente trabaja de 6:30 a 15:00, con una pausa de una hora a las 11:30 para comer. El terreno se explora usando dos palos de madera que se separan entre sí más o menos medio metro, pasando el detector de metales por el hueco; si no encuentran nada, adelantan los dos palos unos centímetros. Por la tarde cambiarán los grupos, y cada uno repasará el trabajo que ha hecho el grupo anterior.
     
    Llevan trabajando en este campo en concreto desde el 9 de octubre, a raíz de que un hombre encontrara una mina que, al explotar, acabó con él e hirió a dos de sus hijos. Desde entonces han encontrado nueve minas; hoy han encontrado el primer UXO (unexploded object): un obús de mortero.
     
    A las 11:30, el silbato del jefe de la unidad se impone sobre los constantes pitidos de los detectores de metales ("ellos saben qué pitidos son los de una mina"), avisando de la pausa de la comida. Pero todavía más se impone el altavoz de este mismo hombre a las 12:30, alertando de que van a detonar el UXO localizado, con lo que todo el mundo debe ponerse a unos 150 m, por seguridad (nosotros hemos dejado la cámara grabando a unos 50 m, así que ya tendréis oportunidad de ver la explosión).
     
    Para detonar el obús tienen que llevarlo a otro sitio, donde lo entierran un poco junto con un paquete de TNT. Estábamos tremendamente intrigados por cómo sería el desplazamiento y qué operativo de seguridad prepararían. Os describo el operativo en cuestión: un hombre a pecho descubierto que coge despreocupadamente el obús con una mano y se lo lleva.
     
    Ésta no es la única medida de seguridad sorprendente. Los trabajadores van únicamente pertrechados con un casco estilo antidisturbios y un chaleco de unos 3 kg que, si bien les protegería de la metralla en caso de que una mina explotara, difícilmente les salvaría las piernas o brazos.
     
    Pero bueno, autoprotección al margen, esta gente parece estar haciendo un gran trabjo en Camboya y, según dicen, en el 98% de los casos no hay ningún accidente durante el desminaje. Esperemos que pronto no haya necesidad de darle ocasión al 2% restante.
     
    Battambang, 18 de octubre de 2006

    Demining

    Como ya os dije, hay tres entrevistas básicas para el documental: Kike, cubierto; médico, cubierto; deminador..., agua... No es nada fácil llegar a la gente de CMAC, la principal organización desminando en Camboya, y Gabby y Phally (siempre un millón de gracias) llevan removiendo cielo y tierra desde que llegamos para conseguirnos una entrevista y una visita a un campo donde estén desminando. Lo de la visita, imposible: una y otra vez les han respondido que tienen que ir personalmente a Phnom Penh a pedir permiso y luego ya se verá. Pero, por lo menos, tenemos la entrevista.
     
    Insisto, no es nada fácil llegar a esta gente, pero Gabby y Phally han hecho un trabajo de "producción" impecable y nos atiende la máxima autoridad de desminaje de la unidad de Battambang, quien, además, nos agradece calurosamente a los dos periodistas españoles el habernos interesado en ellos (ayyy, si éste supiera...).
     
    Evidentemente, nadie se quiere perder la entrevista, y aparte de Gabby y Phally, intérpretes esenciales, se suman otros cuatro, que ven en esto una ocasión única. Conclusión: ocho personas, más el entrevistado, metidos en la habitación. Tengo que reconocer que me pone nervioso el "público" cuando hago una entrevista: tengo la incómoda sensación de que están evaluando cada pregunta que hago..., o que no hago. Y si es así, supongo que su evaluación esta vez no habrá sido muy allá.
     
    La entrevista no es gran cosa, pero es que por mucho esfuerzo que le ponga nuestra intérprete, nunca es lo mismo si no puedes dirigirte directamente al entrevistado. En cualquier caso, sacamos unas cuantas cosas útiles y doy por terminada la entrevista. Entonces, cuando me estoy despidiendo, surge Iñigo: "Perdona, nos gustaría ir a un campo donde estén desminando, ¿sería posible?".
     
    Todos nos quedamos callados, mirándonos; sabemos de sobra la respuesta: no. Pero una vez alguien me dijo que en esta vida hace falta un poco de cara dura, un toque de picardía. Iñigo tiene esa picardía, y ha dado con la persona precisa en el momento justo: "Sí, claro". Nos vamos a un campo de desminaje.
     
    Battambang, 18 de octubre de 2006

    Eating Donald

    Siempre había visto a Donald como ese extraño pato que vive sin pantalones y sin embargo se envuelve en una toalla al salir de la ducha. Ese personaje maniático y casi esquizofrénico al que no hace falta doblar, porque los gapos se pronuncian igual en cualquier idioma. En fin, ese curioso dibujo que jamás quiso quitarse el traje de su primera comunión. Pero, la verdad, nunca lo había visto como un nutritivo tentenpié.
     
    En el camino de vuelta del outreach, Phally nos invitó a unos huevos de pato. Cuando sacas de una bolsa de plástico un huevo duro y te dicen que lo abras y le eches sal y limón, la verdad es que te da la sensación de que no va a haber gran diferencia entre un huevo de pato y uno normal y corriente. Y no la hay..., al menos en cuanto al sabor.
     
    El aspecto ya es otra cosa. Rompes el cascaron y  según quitas el primer trozo es inevitable fijarte en las venas que lo cruzan. Además, no te encuentras la clara blanca del huevo cocido, sino la cabeza del embrión de un pato. Creedme, se podía distinguir claramente la cabeza, con su pico y todo. Iñigo hizo un esfuerzo por comérselo porque se estaba muriendo de hambre, pero tuvo que dejarlo pasar, porque sólo de verlo se le fue el apetito; oye, como secreto para una dieta está fenomenal. Yo, por supuesto, me comí dos (no sé hasta qué punto seré ahora carnaza de gripe aviar...).
     
    Como ya he dicho, no hay gran diferencia de sabor, y una vez pasado el primer impacto visual, la placenta -que se bebe- está bastante rica con el limón y la sal, y el resto del huevo sabe muy parecido a uno normal; sí, incluso la cabeza tiene un sabor similar, eso sí, con un ligero matiz de carne. La sorpresa llega de nuevo al final, donde ya aparece una clara de huevo normal, pero, mira por donde, dura, dura como si fuera un filete.
     
    Pero lo cierto es que descubrimos otro elemento gastronómico bastante más sorprendente que el huevo en cuestión: los escarabajos. Describiros el bicho en cuestión como el típico escarabajo con cuerno de rinoceronte supongo que no sería muy explicativo, así que os voy a dejar una fotillo del individuo. Asumid que esto lo cuecen, le quitan la parte dura del caparazón y se comen la carne de dentro (no sé qué hacen con la cabeza). Nosotros no llegamos a probarlos (pero dadme tiempo, que me han dicho que en Phnom Penh se pueden comer arañas), pero el suelo de donde nos los enseñaron estaba cubierto de los caparazones vacíos. En fin, ¡bon apetit!
     
     

    Outreach

    Ocho de la mañana. Gabby y Phally ocupan los asientos delanteros, mientras Sor, Pany y Sum llenan las plazas traseras; Iñigo y yo nos acoplamos con Pirun en la parte externa del pick up. Por delante tenemos todo un día de outreach.
     
    El outreach es una de las partes fundamentales del trabajo de Kike y Arrupe en general. En términos generales, es una excursión a los pueblos de los alrededores; en términos específicos, es un análisis in situ de los proyectos realizados; en términos mundanos, es un tortuoso viaje por carreteras que jamás han oído hablar del asfalto y que, de hecho, hace mucho que rompieron relaciones con la apisonadora.
     
    Éste será nuestro segundo outreach, después de nuestras once horas de bautizo en el asiento trasero de una vespino. Dadas nuestras quejas respecto a los criterios de elección del medio de transporte y, sobre todo, dado que esta vez somos más (sabe Dios para qué hace falta tanta gente), hemos sustituido las vespas por un pick up 4x4. Eso sí, como somos muchos y nuestra condición de novatos nos condena a ingenuos, Iñigo y yo optamos por ir fuera, en lo que es propiamente el pick up; respecto a por qué Pirun también va fuera, no sé, supongo que elegiría canto...
     
    El outreach puede servir para buscar nuevos afectados de mina, para decidir la concesión de una ayuda económica o para comprobar el desarrollo de un proyecto. En nuestro caso, vamos a evaluar el estado de una carretera que Kike y su gente construyeron el año pasado. Los pueblos que la utilizan ya han pedido a Kike que la arreglen, y la respuesta ha sido este outreach para ver cómo está de mal la carretera y para explicarles a los de los pueblos que son ellos los que tienen que encargarse de mantenerla en buen esttado y, si hace falta, "hacer barricadas frente a los camiones para que no pasen", pero no pueden limitarse a estirar la mano.
     
    Al jefe del primer pueblo que visitamos no le termina de convencer la parte aquella de "y con el mazo dando", así que por fin queda claro por qué hemos venido tantos: para imponer. La verdad es que ni por esas hacemos entrar en razón al cacique de turno, pero por suerte en el segundo pueblo se muestran mucho más colaboradores y tienen asumido que su papel en todo esto no puede ser el de simples mendigos.
     
    Al margen de esto, y aprovechando la excursión, visitamos unas tierras que ha comprado Arrupe para un proyecto agrícola y que ya han terminado de desminar. Prometo un regalo del viaje para el que adivine cuántas minas y UXOs (unexploded object) han sacado de las 25 hectáreas que constituyen el terreno.
     
    Mientras decidís vuestra apuesta, yo voy a ir escribiendo a los de la RAE para que o bien modifiquen la definición, o bien les expliquen el concepto de carretera a estos camboyanos...
     
     
    Pd.: Para que os hagáis una idea de lo que es el outreach en sí, voy a intentar dejar unos videos. A ver qué pasa...
    October 18

    Con cariño para Begoña

    ¡Hola, Bego!
       Bueno, para que veas que tu hijo sigue vivo. ¡Un beso!
    October 16

    Curiosidades de Battambang

    Cuenta la leyenda que Buda andaba por la tierra, evitando como podía las tentaciones. Entonces, su mujer, dispuesta a ayudarle, le dijo que subiera a lo alto de un monte y escurrio su pelo tras lavárselo. El agua que cayó fue tal que inundó el mundo, arrasando las tentaciones, pero llevándose también a la mujer de Buda... Mientras, él esperaba en lo alto de Phnom Sam Pou. Cuando el agua por fin se secó, Buda descubrió que el cadaver de su mujer se había convertido en piedra, dando lugar a una pequeña montaña junto Phnom Sam Pou, el monte que había resguardado a Buda. Por eso este monte ha sido desde hace siglos uno de los símbolos de la provincia de Battambang. Los hombres de Pol Pot tiraron desde su cima a sus entrañas a más de 10.000 personas, dejando que sus cadáveres se pudrieran allí hacinados...
     
    En fin, sí, seguimos en Battambang, trabajando con el documental de las minas. La verdad es que la ciudad no tiene absolutamente nada para ver, salvo un tren de bambú muy curioso y del que intentaré colgar un pequeño video (todavía tengo que averiguar si se pueden hacer esas cosas). Por lo demás, seguimos aquí porque estábamos esperando que nos llegará una entrevista que por fin nos han confirmado para el miércoles: un deminador. El documental seguramente se articule en torno a tres grandes entrevistas, ésta del deminador, un médico alemán que trabaja aquí y, por supuesto, Kike. Antes de ayer pudimos por fin hablar con Kike (que también nos ha costado), y ha sido una de las mejores entrevistas que he hecho en mi vida. Cuando llegó la última pregunta, Kike estaba tan emocionado que tenía los ojos vidriosos, apunto de romper a llorar: nos estaba contando qué significa para él el trabajo con estos chavales.
     
    La verdad es que al margen de que al final consigamos sacar algo tangible de todo este trabajo (reportaje, documental, reportaje gráfico...), esto ya ha sido una de mis grandes experiencias profesionales. No sólo porque haya hecho más entrevistas en esta semana que en mi último año de carrera, sino porque además es la primera vez en mi vida que hago un reportaje metiéndome a vivir con sus protagonistas. Durante la carrera haces reportajes y entrevistas, pero simplemente llegas y hablas con el sujeto en cuestión un día (dos como mucho) y el resto suele ser documentación a través de internet. Pero esta vez no, esta vez ha sido documentación en el terreno, pasando una semana inmerso en el tema del que vamos a hablar, viviendo con la gente a la que queremos entrevistar.
     
    Pero bueno, aparte de hacer curriculum, hemos tenido un par de experiencias curiosas estos días. Para empezar, hace unos días hice una de las preguntas más raras que he hecho en mi vida, cuando les pregunté a un manco, un cojo y dos poliomelíticos en silla de ruedas si montaban en bici... Reiros, sí, pero el cojo y el manco montan... y uno de los poliomelíticos lo intentó.
     
    Otro momento divertido fue la primera vez que jugamos con ellos a dar toques con el balón. No sé si alguna vez habéis jugado con un poliomélitico a la pelota, pero son gente a la que las extremidades les cuelgan inertes, así que tienes que estar super atento para ver hacia dónde sale disparada la pelota cuando el tío balancea el brazo y le golpea. Por no hablar de los mancos: leche, tú, menudos leñazos sueltan con el muñón.
     
    Ayer estuvimos jugando con ellos a una versión adaptada de volleyball, todos sentados para igualar, porque la mitad de los jugadores o no podían mover las piernas o, simplemente, no tenían. Yo ya voy avisando a los de AJIVA: pienso exportar este juego.
    October 12

    Gente de poca fé

    Bueno, ya tendrían que haber cerrado internet, que para los parámetros camboyanos es muy tarde para irse a la cama (aquí cenan a las 6 y se acuestan sobre las 9: son las 10 pasadas) y esta gente está esperando que Iñigüín y yo acabemos para irse, pero el tema es que leí algunos comentarios que no se creían que Iñigo y yo siguiéramos juntos y vivos, así que voy a colgar un par de fotos nuestras (tengo que aprovechar ahora que parece que la tecnología vuelve a estar de nuestro lado; a ver cuánto dura...).
    October 11

    Algo menos privado

    Bueno, parece ser que mis padres también están leyendo este blog… Vaya, siempre he presumido de que les contaba todo a mis padres, así que no creo que se enteren de nada que no quiera que sepan; aunque también es cierto que normalmente lo que hago en los viajes se lo cuento cuando ya he vuelto, que así están tranquilos porque saben que he sobrevivido. En fin, esperemos que averiguar las migueladas en directo y comentadas por vosotros no les deje muy preocupados… ¡Un beso, padres!

    Seré bocazas...

    Por si alguien lo dudaba, el monzón ya no nos respeta: fue dejarlo por escrito en el blog y lleva ya dos días lloviendo; incluso la gente de aquí dice que es raro, porque llueve incluso por la mañana (ya os dije que en esta estación del año lo normal es que llueva a partir de las 5 o así). Encima dos de las grandes tormentas me han pillado sobre el techo de un barco y a lomos de una moto. En fin, veamos que pasa con la tecnología… Sí, confirmado, la tecnología tampoco nos sonríe demasiado: ¡no puedo subir nuevas fotos al espacio! Además, esto no deja de crear álbumes con el nombre de "11 de octubre", ¡y están vacíos!

    El mejor trabajo del mundo

    Bel tiene 19 años, y sólo tenía siete cuando una mina le arrancó la pierna mientras cuidaba unas pocas vacas. Ahora vive en Siem Reap, junto al Landmine Museum que Aki Ra tiene allí montado. Para llegar a hablar con él no hay carreteras, sólo un camino embarrado que ni siquiera te lleva hasta él, sino simplemente al museo donde vive. Pocos turistas se acercan al museo, y menos todavía consiguen hablar con Bel o con cualquier otro de los chavales que viven allí. Muy pocos turistas saben que Bel quiere ser profesor de inglés…

     

    Y todavía son menos los turistas que han oído hablar de Kike Figaredo, el obispo de Battambang, un jesuita que tiene claro que aquí la importante es la labor pastoral y no la evangélica: “esta gente necesita más comer que rezar”.

     

    Nosotros sí hemos podido hablar con Kike, y con Bel, y con Chantra, Tep Yein, Kong Mau… Para los que no lo sepáis, aprovechando el viaje, Iñigo pensó en hacer un documental sobre el problema de las minas en Camboya, sobre lo que yo haré un reportaje; así que, en cierto modo, no estamos en Camboya sólo como turistas (y desde luego no lo estamos en Battambang, donde aún no hemos visitado la ciudad), sino también como periodistas.

     

    Precisamente este rol nos ha permitido acceder a toda esta gente, ver la infraestructura y los proyectos que Kike está organizando para ayudar a los afectados por las minas y conocer a su grupo de baile, chavales de entre 5 y 22 años que han encontrado una forma de socialización y de entretenimiento, algo básico para una gente que se levanta cada día a las seis de la mañana para recoger arroz durante la época de cosecha, basura el resto del año.

     

    Nos ha permitido, además, viajar durante 11 horas como paquetes en una vespino por los intransitables caminos que ellos llaman carreteras para acompañar a la gente de Arrupe (el nombre de la asociación que ha montado Kike) en el “out reach”, que consiste en salir a los pueblos de los alrededores a buscar accidentados de minas, hablarles de la asociación, conocer sus necesidades y prestarles la ayuda posible, ya sea en forma de algo de dinero para comprar arroz o madera, o bien dándoles una silla de ruedas modelo “Mekong” (que tiene tres ruedas en vez de cuatro, para así esquivar mejor los obstáculos).

     

    En el out reach también se dedican a convencer a los padres de que dejen a su hijo (en muchos casos mutilado por una mina) alojarse con ellos en la asociación, que está cerca del colegio y donde podrá comer tres veces al día, recibir ayuda extraescolar (aquí la educación es absolutamente gratuita, pero los profesores dan sólo la mitad del temario para que los chavales tengan que pagarles clases extraescolares aparte) y relacionarse con gente de su edad, como tendría que hacer cualquier niño.

     

    En fin, por ahora ser periodista me ha permitido hacer todo esto mientras viajo: no sé si algún día podré comer de esto, pero sin duda he elegido muy bien mi oficio.

    October 08

    Cuando la tecnología te sonríe y el monzón te respeta

    Sua s'dei! (o sea, también hola, pero esta vez en khmer, la lengua de Camboya)
     
    Un terrible monzón de carreteras inundadas, unas bicis que sólo habían sido un estorbo y, en general, un día agotador. Esa fue, como os dije nuestra entrada en Camboya. Pues fue a más... Un hotel cochambroso en el que no quedaban habitaciones dobles, con lo que Iñigo y yo tuvimos que compartir cama, una ducha sin agua caliente y sin apenas presión y, como remate, lo que podría considerarse una auténtica invasión de cucarachas, del tamaño de mi pulgar la más pequeña, que salieron como locas del desagüe en cuanto empezó a caer el agua de la ducha. En fin, mejorar no era difícil...
     
    Decidimos tomarnos nuestro primer día en Siem Reap como adaptación, así que nos despertamos a una hora más decente (sobre las 10), nos cambiamos de hotel (en el nuevo sigue habiendo cucarachas, pero al menos no son tantas y las hemos conseguido acojonar a base de tirarles la visera del casco de la bici) y fuimos a dar una vuelta. Bueno, hecho el reconocimiento inicial, nos lanzamos a coger las bicis, a ver qué pasaba... ¡una auténtica pasada! Las bicis nos han dado una libertad de puta madre y nos han ahorrado algún dinerillo; además, aunque el tráfico no es excesivamente civilizado, como aquí la mayoría de la gente va en unas motillos no muy sólidas, ellos mismos hacen por esquivarnos. Otero, mi bici, ha dado ya alguna señal de que va a tener problemas para terminar el viaje, como por ejemplo un ruidillo raro y constante en la dirección y un chirrido molesto en el pedal que, por suerte, ya se le ha pasado. En fin, confíemos en que los clásicos nunca mueren para que la vieja Otero no me abandone (al menos hasta que no le encuentre un digno y barato sustituto).
     
    Después de ver que aquí el cielo se convierte en grifo por las tardes, nos configuramos un plan de visita por la mañana bien tempranito e internet por la tarde, a resguardo. Así que llegó el momento del primer mail y las fotos que ya habéis visto; el tema es que para vosotros esto ha sido coser y cantar, pero yo las he pasado muy putas, porque en Bangkok no hubo forma de conseguir que me funcionaran el disco duro y la cámara simultáneamente, con lo  que me temía que iba a tener que ir borrando fotillos. La oscuridad se cernía sobre mí, cuando apareció la tecnología camboyana (¿quién lo iba a decir?) y detectó todo sin problemas. ¡Ja, el reportaje estaba salvado! Eso sí, vosotros estáis perdidos, porque ahora no tengo límite de fotos y ya debo de llevar unas 300...
     
    Pero no sólo la tecnología se ha puesto, por ahora (siempre es pronto para cantar victoria), de nuestra parte: ¡también el monzón! Por ahora sólo nos ha llovido una tarde -aparte de la de llegada, obviamente-, que bien es cierto que cayó la de Dios, pero nos pudimos refugiar en unas ruinas de Angkor y paró en breve. Eso sí, acojonados vivos, a la mínima que escanció salimos a todo pedal al hotel.
     
    Como la otra vez, de lo que vamos visitando no os voy a contar nada, sino que meteré fotillos (como dice el refrán, "más vale imagen en mano que palabras volando"...). Eso sí, en cuanto las suba, echarles un vistazo a las imágenes de Angkor, porque son unas ruina estilo las que os dije de Ayutthaya, pero a lo salvaje; para que os hagáis una idea en uno de estos templos se rodó la película de Tomb Rider.
     
    Eso sí, hemos conocido a otro sujeto que merece al menos una breve mención: Patxi, el hombre tántrico. Aunque el nombre intente disimularlo, el tipo es de Madrid, médico de medicina interna, y después de toparnos un par de veces con él por casualidad, decidimos quedar a cenar con él. Bueno, siendo sinceros fue Ïñigo el que decidió quedar con él, porque el pobre necesitaba oxigenarse un poco: demasiada relación conmigo en poco tiempo resulta extenuante (Iñigo lo describe más bien como desesperante, pero todo son vocablos...). El caso es que el Patxi resultó ser un tipo majo que se dedica a trabajar cuatro meses y pulirse las pelas el resto del año en viajes. Lo curioso es que normalmente viaja para meditar, porque por lo visto el tipo está super metido en movidas de meditación, energía, hipnosis... En fin, todo el percal éste. La verdad es que fue una cena la mar de interesante, en la que nos dimos cuenta de que soy ultra poco perceptivo o algo así, porque el tío hizo un par de demostraciones con la energía de nuestros cuerpos y con Iñigo funcionaron bien y yo no me enteré de nada (pero bueno, no me suelo enterar en general, el mundo energético no podía ser una excepción). La conclusión a la que llegamos al final con él es que, majo, sí, pero debe de ser un algo putero -o con tendencia a serlo-, y un algo pasado con el tema espiritual; pero bueno, majo al fin y al cabo.
     
    Os dejo aquí unas fotillos (que, obviamente, ha hecho Iñigo) de unos chavales con los que me he estado bañando en uno de los charcos que se forman aquí con el monzón. Je, cuando les he dicho que yo también me bañaba se han emocionado, y me han acompañado para ver cómo trepaba al árbol desde el que saltábamos; incluso me indicaban por donde era más fácil: ¡más salaos! Los pobres se subían al árbol antes que yo y se han medio acojonado cuando me he puesto yo en la misma rama que ellos, porque, oye, piltrafa, sí, pero quieras que no mi peso no es el de estos pobres chavales.  
     
     
     
    October 05

    Bangkokg ocurre (que no pasa...)

    Sàwàtdiikhràp! Es decir, ¡hola! (al menos en tailandés...)
     
       Muy buenas a todo el mundo. Sigo vivo, contento y a cuestas con la bici, pero empecemos por el principio.
     
       Iñigo y yo salimos a Bangkok el jueves 28 de septiembre de 2006 y, como supongo que no lo sabréis, os informo de que justo ese día Barajas hizo un reordenamiento de pistas (no, yo tampoco sé lo que es, pero suena a pérdida de equipajes...); y, para darle más emoción, a Bangkok llegamos al nuevo novísimo aeropuerto (de hecho, se estrenó el día antes de que llegáramos), lo cual redobla los tambores de la pérdida de equipajes (tambores a los que les hacen los coros el golpe de estado que hubo en Tailandia el lunes antes de que viniéramos). Y nuestro equipaje es bastante especial: cinco kilos de cuadernos, cinco kilos de bolis y dos bicis; en fin, ese tipo de equipaje que es fácil de perder (máxime cuando esas bicis son la base de nuestro viaje). Llegamos al ya citado aeropuerto de Bangkok y mientras esperamos las maletas vienen dos tipos de uniforme ¡y reparten sandwiches y cocacolas! Cuando aprenderán los de Barajas... El caso es que, durante la espera, localizamos a un tío de nuestra compañía aérea, al cual le decimos lo de que traemos dos bicis que hemos facturado como equipaje especial y que por donde sale dicho equipaje especial. El tipo, muy servicial, nos coge los recibos de las bicis y desaparece con ellos... Nunca más se supo de él... Os presento al primer tito de nuestro viaje: Tito Bike.
       Bien, seguimos en el aeropuerto de Bangkok, ya sin sandwiches con los que matar el rato y sin nada con que reclamar nuestras bicis; eso sí, los bolis y los cuadernos han llegado sin problemas: los niños camboyanos pueden estar tranquilos. La gente a nuestro alrededor se moviliza: en efecto, como todos los indicios hacían sospechar se han perdido equipajes, en concreto, seis pasajeros de nuestro vuelo... Pero nuestras bicis aparecen milagrosamente tras la puerta metálica de oversized luggage. Bien, primera prueba superada: las bicis están en Bangkok. ¿Y qué carajo hacemos nosotros en Bangkok? No es mala la pregunta, teniendo en cuenta que nuestro viaje es a Camboya, Vietnam y Laos (pero en fin, supongo que después de lo del billete a Sao Paolo para ir a Montevideo nadie dudaba de que no soy especialista en ir directo a mi destino...).
       Encajadas las bicis en un taxi, vamos a un hotel en China Town del que nos ha dado referencias un colega de Iñigo (gracias eternamente, encantador desconocido, porque lo que es guía de Tailandia..., agua...) y exploramos un poco la ciudad guiados por el absoluto tun-tun, porque ya os digo, guía de Tailandia no gastamos, porque Bangkok simplemente ocurre (vamos, que no estaba previsto visitar la ciudad, pero ya que estamos aquí...). Os voy a ahorrar los pormenores (el que los quiera que me los pida, que resulta evidente que no soy de los que les importa enrollarse...), pero el tema es que del golpe de estado no hay ni rastro, y no sólo se echan en falta militares, sino incluso presencia policial. En cuanto a la ciudad, yo no diría que es bonita, y estoy bastante seguro de que casi todo el mundo me secundaría (aunque, como si lo digo yo no vale, vete tú a saber...), pero lo que es para ver tiene un puñao de cosas. Además, como aquí casi todo es bastante distinto a casa,  pues todo tiene su atractivo. El que quiera ver algunas de las cosillas que hemos visitado, tiene algunas fotillos en el espacio éste.
       Así, como cosa curiosa, puedo comentar nuestra dieta. Es, sin duda alguna, la perfección de nuestra famosa dieta de viajes que consiste no ya en comer, sino en engañar al hambre. Apuntad nuestra comida:
    • Un pincho con dos pequeños trozos de carne (considerablemente grasiento, por cierto)
    • Un sandwich de chicharrones (obviamente traído de casa) y mini gofre de chocolate
    • Cuatro buñuelos de crema (qué explosión de crema, tú) y un plato de arroz con unos pocos trozos de carne picante
    • Bollito de atún
    • Plato de arroz (esta vez a palo seco)
    •                      
       No está mal, ¿eh? El tema es que cada puntito negro corresponde a un día, sí, incluso el punto vacío, que no es ninguna errata, sino el miércoles, que fue un día duro... El tema es que el secreto de la dieta es comer en los momentos de distracción, pues una mente ocupada no tiene hambre, y alternar esta comida con un par de coca colas o batidos de chocolate (que además tiene calcio y alimenta) y mogollón de agua (porque ocupada o desocupada, con este calor cualquier mente tiene sed). Esta dieta viene apoyada ya por numerosos viajes y se basa en un axioma internacional: "Aún existo, luego comer no es estrictamente necesario".
     
       Otro axioma importante también certificado en este viaje, y ya al margen de la dieta, es que "si alguien tiene pinta de querer timarte, seguramente quiera timarte". Es una frase simple, sí, pero olvidada con tanta frecuencia... Precisamente de su olvido aparece el segundo tito de este viaje: Tito Broker. El susodicho es un sujeto que nos apareció por la noche (nótese que aquí es noche cerrada a las 6:30 de la tarde) mientras dábamos una vuelta, y después de explicarnos que vive en Nueva York, donde trabaja como analista internacional de economía, que ha vuelto a su país a casarse y que casi todas las economías del mundo "will collapsed" en breve (como este tío sea buen analista, preparaos, porque en breve el mundo en general va a ser subdesarrollado) y que, por tanto, dejemos de comprar casas porque van a bajar de precio en breve (vaya, ahora que me estaba comprando la vigesimo cuarta casa... ¿Tengo cara de especulador?), pues eso, después de todo esto, nos recomienda una serie de sitios que visitar, se empieza a emocionar, habla cada vez más rápido y tartamudea y, apunto del colapso, aparece un tuk-tuk (un híbrido entre taxi y carretilla) salvador, al que da el alto y ordena en tailandés que nos lleve a esos tres sitios. Nosotros nos vemos empujados a subirnos (Iñigo dirá siempre que fui yo el que decidió que nos subiéramos, pero creedme, fue la irrefrenable energía de tito Broker, que nos impelía a subir al tuk-tuk. En serio, creedme, la energía, la energía...) y, sabe dios cómo, acabamos en un restaurante considerablemente caro, después de haber pasado por una tienda para hacernos un fabuloso traje de boda y con un tuktukero que se negaba a llevarnos de vuelta al hotel si no cenábamos en el restaurante en cuestión (obviamente, nos negamos y nos buscamos la vida, pero nos costó lo suyo, tanto en esfuerzo como en dinero).
       Pero bueno, en cualquier caso, tito Broker nos sirvió para descubrir un fascinante secreto. En Bangkok, si coges un tuk-tuk o un taxi normal para que te lleve a un sólo sitio al que tardará en llegar como mucho veinte minutos, te cobra 100 bahts (la moneda tailandesa); ahora bien, si le dices que te lleve a cuatro sitios, que te espere mientras ves cada uno de esos sitios y que, por tanto,  esté a tu entera disposición durante algo más de dos horas, sólo te cobra 30 bahts. ¿El secreto? ¡Las comisiones! Entre esos cuatro sitios, el tuktukero de turno se las apañará para intercalar una tienda, restaurante o agencia de viajes en la que le dan algún tipo de comisión por tu consumición (digo yo que serán comisiones altas, porque si no, no tiene ningún sentido).
     
       Ah, también es digno de comentar el parque automovilístico de Bangkok. Uno asocia Tailandia a un país subdesarrollado, y cuando llega se encuentra muchas cosas propias de un país tal, como, por ejemplo, mogollón de gente en la calle, un puñao de puestos callejeros que venden comida con un aspecto de lo más insalubre, casas cochambrosas que se hacinan sobre un portal absolutamente recóndito... Eso sí, ves unos toyota y unos honda que en España fácilmente te costarían más de 30.000 euros (y no me he equivocado en ningún cero, lo juro). Y no me refiero sólo a la zona bien de la ciudad (donde ya también te encuentras mercedes y bmws), sino a toda la puñetera ciudad (joe, no os estoy diciendo que nuestro hotel estaba en China Town, ¿eso os suena a zona de pelas...?).
     
       Vale, eso en cuanto a curiosidades. Ya sé que os he dicho que no os hablaría de lo que hemos visto (para eso están las fotillos), pero hay que hacer una excepción con Ayutthaya, aunque sólo sea una pequeña referencia. Es la antigua capital del imperio de Siam (lo que hoy es Tailandia) y es un sitio simplemente espectacular. Dicen que es muy parecido a lo que veremos en Angkor, pero peor conservado, así que ya se me está haciendo la boca agua con Angkor.
     
       Bueno, en resumen (sí, aunque os cueste creerlo esto ha sido un resumen), esto ha sido nuestro viaje por Bangkok. Ayer llegamos a Camboya, y no se puede decir que nos recibiera muy bien. La gente que nos ofrecía un bus para llevarnos desde Bangkok a Siem Reap (nuestra ciudad de destino en Camboya) no nos daba ninguna confianza, así que decidimos ir hasta la frontera por nuestra cuenta. Para ello, por fin desembalamos nuestras bicicletas (en Bangkok el tráfico daba demasiado miedo como para que fuera razonable circular en bici -obviamente, ésta fue una apreciación de Iñigo, puesto que yo no me suelo percatar de esta serie de puntos razonables...-) y cogimos un tren que nos dejó a seis kilómetros de la frontera. Seis kilómetros que hicimos de vicio con la bici, pero cuando por fin cruzamos la frontera, nos encontramos con que era imposible encontrar un bus que nos llevara a Siem Reap, a 140 km. Por fin convencimos a uno, pero nos cobraba 20 dólares a cada uno y nos pareció una pasada. Intentamos ir por nuestra cuenta tirando de bici, pero ya se nos había hecho muy tarde, no queríamos circular de noche por ahí y el horizonte traía unas nubes de miedo. Así que nos autoconvenciomos de que habría que pagar, y logramos encontrar un taxi en el que, de nuevo, encajamos las bicis (en el sentido más literal de la palabra encajar) y nos trajo a Siem Reap por 30 dólares en total. Y allí nos tiramos cinco horas circulando por una de las peores carreteras que he recorrido (y no es el primer país subdesarrollado que visito...), mientras el monzón inundaba todo lo que había ante nuestra vista. Lo bueno, que pudimos ver como la gente aquí no se refugia del monzón, sino que saltan desde donde sea para sumergirse en los tremendos charcos que se forman entre la carretera y los campos de arroz. Lo malo, que comprobamos que no había forma de llevar los cinco kilos de cuadernos en la parrilla de mi bici, así que Iñigo cargó los que pudo y tuvimos que darle el resto a un taxista al que pedimos por favor que los entregara en un colegio, pero, francamente, me extrañaría soberanamente. Además, lo más depresivo es que hasta ahora las bicis no han sido más que un engorro que nos ha encarecido y dificultado los traslados, y surge en el horizonte la pregunta de cuánto nos costaría mandarlas de vuelta. Pero bueno, por fin estamos en Camboya, así que veremos cómo van las cosas ahora que entramos en terreno planificado. En fin, comienza el viaje...