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August 15 "¿¡Pero qué coño es esto!?"Vir, en un arranque ya incontenible de rabia, pronunció uno de los pocos tacos que hasta hoy se le han podido oír, al encontrarse de bruces con una nueva cuesta que subía con una inclinación de las que no se pueden medir con transportador de ángulos. Fue el principio del surrealismo. Después, unos cuantos varios kilómetros después, llegó el chileno profético, cabeza envuelta en toalla, a avisarnos de que lo que nos quedaba por ver decepcionaba. Era el cuarto día de nuestra semana de Transpirenaica y, hasta el momento, nos habíamos dado una hartada a patear (con una sabrosa marcha de 12 horas y 30 minutos el primer día para ir abriendo boca: haceros una idea del resto del menú), pero todo a través de bosques, cada día rodeados de una vegetación distinta. El cuarto día de caminata queríamos dormir en Els Vilars. Craso error. No es que nosotros necesitáramos mucho para dormir. Vivacqueábamos cada día, protegidos con nuestras estupendas fundas ad hoc (para los no iniciados y sin acceso a Wikipedia, vivacquear consiste en dormir al raso y las fundas de vivac son unas pequeñas bolsas en las que te metes con saco incluido. Aunque no lo aparenten por su grosor -y para tranquilidad de las madres que puedan leer estas líneas-, te aíslan estupendamente de tu alrededor, no ya sólo por sus propiedades innatas, sino también por las propiedades mágicas que el subconsciente parece atribuirles, porque a uno le da por pensar que una vez dentro de su funda, ya pueden llover escorpiones, que a ti, ¡plim!). Como decía, necesitábamos poco más que un trozo llano para poder dormir, pero es que Els Vilars no tiene ni eso. Es un pueblo... No, no es un pueblo, es una cochambrera que en su día debió de ser un pueblo. Ahora es un lugar desolador incluso para las ideas más retorcidas de Hitchcock. Una pequeña acumulación de ruinas en las que una mujer (de naturaleza necesariamente antisocial) ha decidido aislarse y afanarse en una reconstrucción con la vista puesta en una futura explotación del turismo rural. Hasta el día de hoy, sus esfuerzos han sido muy, muy en vano. Por no haber, en Els Vilars no había ni rastro de agua, y ante la ignorancia al respecto de la mujer antisocial decidimos seguir andando hacia lo que en el mapa ponía que era una fuente. En efecto, lo era. En concreto, una cuyas aguas no estaban tratadas sanitariamente. Lástima que tan sólo recayéramos en este aviso después de que Vir diera (y escupiera) un par de tragos de agua, a pesar de su delator olor putrefacto. Con apenas un litro de agua para los dos, seguimos andando, ya sin esperanza de que apareciera ningún riachuelo salvador, puesto que las profecías del chileno profético se habían demostrado ciertas (de ahí su sobrenombre) y el paraje ahora era más bien de secano, tirando a asfaltado. Justo cuando la lengua se nos pegaba ya al paladar por los dos lados, apareció al que denominaremos el Water Master: un hombre de aparente pasado hippie que, altruista y salvadoramente, regalaba agua a la puerta de su casa, tomándose la molestia de mantener llenas las botellas que había puesto en una caja de cartón y de las que rellenamos nuestras cantimploras. Con el ánimo por las nubes (los pequeños milagros, qué queréis, siempre vivifican el espíritu), seguimos andando, guiados siempre por las marcas del GR (blancas y rojas, de nuevo para los no iniciados) a lo largo de una carretera. Carretera que, por otro lado, no debía de existir hace un par de años, tiempo suficiente para que nuestra guía se reeditara sin revisión y omitiera el detalle de que la pista de la que hablaba había mutado en una carretera que, como averiguamos más tarde, llevaba a Francia. La noche nos cogió andando por la carretera y nos pertrechamos lo mejor que pudimos para recibirla: cintas reflectantes para los brazos y frontales en la cabeza. Si bien las cintas quizá nos evitaron algún atropello, no dieron mayor juego. Los frontales, sin embargo, eran fuente de constantes sobresaltos. Aparentemente en la carretera viven unas arañas del género enorme con un pequeño punto en el lomo que refleja la luz de los frontales, lo que nos permitió visualizar cerca de cincuenta amenazadores arácnidos para el disgusto de Vir (y para mi frustración, pues Vir se demostró mucho más hábil que yo localizándolas). Pero las arañas pseudogigantescas no son la única fauna que se delata ante la luz de un frontal. Por una de las parcelas que bordeaba la carretera vimos correr a un jabalí nada pequeño, lo cual nos trajo a la mente de forma inmediata un cartel que habíamos visto unos kilómetros más atrás y que aludía a que en la zona se practicaba la caza mayor (lo cual podríamos haber considerado como un primer aviso, pero parece ser que mi inconsciencia es contagiosa y lo obviamos). Cartel que manteníamos en mente cada vez que entre la negrura aparecían dos brillantes pupilas. Al principio no sabíamos atribuir los ojos a ningún animal en concreto, pues entre mis escasos conocimientos zoológicos no cuento con el reconocimiento ocular, pero me sonaba que a los jabalís no les brillan los ojos en la oscuridad. Cuando en un momento dado llegaron a juntarse cuatro pares de ojos próximos que nos vigilaban nos dio tiempo a distinguir la forma de pequeños zorrillos: jinetas. Una de esas jinetas acechaba de cerca a un ternero que se había quedado parado en mitad de la carretera (temeroso de cruzar un paso canadiense). Puesto que jineta y ternero nos bloqueaban el paso, decidí ahuyentarles. Mi cerebro repasó rápidamente los ruidos que soy capaz de generar y llegó a la conclusión de que lo más adecuado era un silbido, puesto que es el sonido más potente y desagradable que consigo sacar de mí. Mala elección. Aparentemente las jinetas no asocian el silbido con un ruido humano. De hecho, no tengo la menor idea de con qué lo asocian, pero no debe de ser algo que les infunda miedo. La jineta en cuestión se encaró con nosotros y tan sólo dejó de acercársenos cuando empezamos a gritarle (aunque es verdad que se apartó sin quitarnos ojo de encima, tal vez molesta porque le hubiéramos espantado al ternero). Con el camino despejado (aunque las cunetas rebosantes de ojos brillantes), seguimos andando procurando evitar las arañas luminosas. Entonces llegó el momento National Geographic: nos topamos con un alacrán que, ajeno al público, capturó ante nosotros una especie de pequeño escarabajo. Tras pinzarle la cabeza, le ensartó el aguijón y lo engulló en cuestión de segundos. Ojipláticos (yo por la ilusión del espectáculo gastronómico que nos acababa de dedicar el alacrán, Vir por la permanente amenaza de los ojos brillantes que nos miraban desde las cunetas) seguimos andando (sí, anduvimos mogollón). Por fin, y gracias a las lluvias de estrellas que se prodigan en esas fechas, nos topamos con tres hombres que se parapetaban tras un enorme telescopio. Preguntamos a los cosmonautas si el pueblo que se veía a lo lejos era Vilamaniscle, nuestro objetivo. Con un acento más que delator nos explicaron que no, que lo que se veía era Banyuls y que acabábamos de cruzar la frontera con Francia. "¿Esto es Francia, en serio?". Fue todo lo que acerté a decir al hombre que, pese a las diferencias de idioma (ni Vir ni yo hablamos francés), comprendió mi sorpresa y se esforzó en explicarnos cómo llegar a Vilamaniscle, con la ayuda de otro de los cosmonautas franceses que chapurreaba inglés. La indicación era básica y muy representativa: "Up the hill, down the hill. At the junction, turn left". Nuestro mapa ya había demostrado ser más bien inútil. La guía estaba desfasada. Las señales blancas y rojas brillaban por su ausencia (probablemente, ante la oscuridad de la noche nos hubiéramos pasado un desvío evidentemente importante). Así que las indicaciones del cosmonauta eran lo mejor que teníamos. Pasó lo que tenía que pasar: acabamos perdidos en mitad de la nada. Lo más sensato parecía volver a la carretera y retroceder hasta localizar una marca de GR desde donde continuar al día siguiente. Conste que es más fácil de decir que de hacer. Además, dormir en la cuneta de una carretera plagada de arañas enormes y jinetas no resulta especialmente atractivo. Pero era la mejor opción. Centrados en no perder de nuevo el camino para conseguir volver a la carretera, nos sorprendió un gruñido amenazador. Volvimos a acordarnos del cartel de la caza mayor y del jabalí que vimos correr. Cuando un jabalí te amenaza en la dirección que tú tienes que tomar, supongo que hay muchas opciones. Yo opté por la que me pareció más acorde: amenazarle de vuelta. Cogí una piedra en alto y -consciente ya de que los silbidos no son buena idea- le grité con todas mis fueras "¡Fuera bicho! ¡Fuera!". Por fin regresamos a la carretera y encontramos un trozo de cuneta más amplio. Dejamos los reflectantes y las mochilas como obstáculo previo para un coche que pudiera atropellarnos e intentamos omitir toda imagen mental a las arañas y a los ojos brillantes y jabalís para poder dormir. Entonces se despertó la Tramontana. Para los que no la conozcáis, es un viento fuerte, frío y desagradable que, añado al conocimiento científico al respecto, hace efecto cometa con las fundas del vivac. En fin, la noche pasó, como pasan todas, y a la luz del día no fue difícil encontrar de nuevo las marcas del GR. Sé que ha quedado una narración un poco larga, pero, qué queréis, fueron 13 horas 35 minutos de caminata. Por si todavía tenéis ganas de analizar los daños psicológicos que nos dejó esta etapa, os dejo aquí un vídeo chorra que hicimos Vir y yo al día siguiente. El resto de la Transpirenaica, por cierto, genial, pero si un día ha dado para esto, creedme, no queréis que os la cuente entera. Madrid (recién llegados de vuelta), 15 de agosto de 2009 TrackbacksThe trackback URL for this entry is: http://samerdeck.spaces.live.com/blog/cns!400265A8E8D0C997!1849.trak Weblogs that reference this entry
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