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November 05 El país del cola cao Alfombra roja para nuestra llegada a Bata. Después de ver angustiados cómo los encargados del equipaje miraban confundidos unas maletas que no deberían estar en el vuelo que estaba a punto de salir (más que nada porque deberían haber estado en el del día anterior), ayer por fin llegamos a Malabo, sin ninguna confianza de tener equipaje alguno. Pero, tranquilos, por suerte, perdí la porra: llegaron todas las maletas. En el puesto de control de pasaportes de Malabo, un cartel curioso: "Por favor, respete los derechos humanos". Vaya, como el que pide que por favor no fumes. "Perdone, si no le molesta mucho, ¿le importaría no torturarme?". El cartel no decía exactamente eso, y sí que hacía hincapié en que la ley prohibe cualquier tipo de tortura, y que hay que proteger a los detenidos y bla, bla, bla... En fin, no deja de ser paradójico. De Malabo cogimos otro avioncillo -más próximo a la avioneta de Los Rescatadores que al Concorde, si he de hacer comparaciones- a Bata, donde al aterrizar nos esperaba el ejército con la alfombra roja puesta. Estos guineanos, que son de un protocolario... Por lo visto también vino anoche el presidente de Sudáfrica, pero bueno, que se joda, que la alfombra ya está estrenada. Para entrar en el país tuvimos que pasar el rutinario control de pasaportes (que aquí incluye una fotito en el acto y consulta médica a Vir -puesto que era la poli que le estaba dejando entrar al país, le pareció mal decirle que no estaba en horario de consulta), el algo menos rutinario control sanitario y el esperadísimo control de maletas. He de reconocer que iba preparado para estar horas, máxime después del calentamiento francés en el Charles De Gaulle, donde, a pesar de mis advertencias, me hicieron vaciar por completo mi mochila de elementos electrónicos. Por supuesto, consiguiente colapso de la fila. Pero en Bata, cuando ya estaban empezando a sacar cosas, el poli de al lado le encontró a Vir el fonendo. Dieron por sentado que todos éramos médicos. Oye, contraseña correcta. En cuanto oyeron lo de médicos dejaron la revisión y nos dieron paso franco. Dani (el coordinador de proyecto aquí. Ya haré una presentación en condiciones de la gentecilla del lugar, con fotos y todo) nos recogió en un magnífico 4x4 y nos explicó que la imponente presencia policial y el corte de las calles a nuestro paso no es lo normal. El presidente de Sudáfrica, que prefiere pasear solo. El coche se detuvo ante una verja negra que escondía una casa colonial preciosa. La casa es más grande que todas las casas de mis padres juntas. Es la casa-sede. El cuarto de arriba son nuestros dormitorios (Vir y yo en uno, Ana en otro) y un despacho para los expatriados; el cuarto de abajo es la sede donde trabaja un huevo de peña. No creo que Virus y yo aspiremos nunca a vivir en semejante mansión. Lo único malo es lo de que las cisternas no funcionen o que el agua no sea potable, pero vaya, minucias para quitarle glamour, ampliamente compensadas por el aire acondicionado en cada habitación, elemento de lujo superfluo en un principio, herramienta básica de supervivencia poco después de una hora. A lo del agua estamos intentando adaptarnos poco a poco. Para beber no hay tu tía: embotellada, so pena de cólera. Pero estamos investigando si el purificador que tenemos funciona para intentar filtrar el agua (después de haberla hervido bien previamente) y que nos sirva al menos para cocinar y lavarnos los dientes. Porque no, con el agua del grifo no se puede uno ni lavar los dientes. Llamadlo paranoia, pero oye, es que al abrir el grifo, el agua arrastra mierdas de pájaro, en tal grado de compactación que parecen barro. Por lo visto el agua del grifo proviene de un aljibe que se llena con la lluvia..., y con todo lo que caiga. De hecho, esta mañana al ducharme (agachado, dicho sea de paso, porque el cable de la ducha no me llega a la cabeza), la duda ha sido inevitable: ¿este agua limpiará o ensuciará? Nadie ha comentado nada respecto a mi olor a lo largo del día o sobre si llevo o no cagarrutas de pájaro en la cabeza, así que supondremos que limpia. Hoy ya hemos empezado a trabajar. La verdad es que se trabaja duro. De 8:00 a 15:00, cierto, pero la gente está superconcentrada y no se estila perder el tiempo (excepción hecha de la pausa para el café). Vaya, que quién pillara un trabajo así en Madrid. No, pero en serio parece que va a haber mucho trabajo, y, la verdad, eso está guay. Entre el vuelo y el seguro nos hemos gastado una pasta como para no aprovechar el tiempo aquí. Vir está un poco aturdida ante el cambio de protocolos y cómo el tratamiento de algunas enfermedades aquí no tiene nada que ver (por no hablar del diagnóstico: ¿quién diría en España que fiebre y tos es malaria?). A mí eso, claro está, no me afecta tanto. El programa de radio seguramente empiece la semana que viene, y por ahora me he puesto con el diseño de un par de manuales de salud. Quizá para mí el momento de mayor impacto por ahora haya sido la compra. Sí, no suena muy antropológico, pero oye, nunca fui el Doctor Livingston. En tiempos de la colonia/provincia española, casi todo el cacao que llegaba a España venía de aquí. Con este dato muchos entenderán al fin qué coño hacía "aquel negrito del África tropical" preparándonos los desayunos. Pero eso fue antes del petróleo. Hoy, aparentemente, en este país sólo hay una empresa: la que embotella el agua. El resto, todo lo demás, absolutamente todo lo demás, lo importan. Cuando digo todo, me refiero hasta el gas, que ya tiene cojones cuando tu principal fuente de ingresos es el petróleo. Bueno, pues la bombona que acabamos de poner es de PetroGabón. Claro, la primera consecuencia de esto es que los precios se disparan muchísimo. En la compra de hoy nos hemos gastado unas 40.000 cefas, más o menos unos 60 euros, cerca del doble de lo que nos hubiéramos gastado en lo mismo en Madrid. Supongo que será cuestión de renunciar a muchas cosas que tomamos en Madrid (como el queso rallado, por hablar de lujos) o de buscar los trucos indígenas. Porque algún truco tiene que haber. Si no, no entiendo cómo sobrevive esta gente. Bata (Guinea Ecuatorial), 4 de noviembre de 2009. Comments (2)
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